A un árbol cualquiera

martes, 28 de febrero de 2012
Señalas
a lo alto,
al cielo eterno,
como si allí
hubiese una respuesta.


Son tus ramas
desnudos brazos,
atajos
de sueño
y madera.

Tu tronco
al suelo penetra,
como si él supiera
de otra cosa
que no sean
pasos muertos.


Tus ramas
no son
lo que parecen.
No,
son raíces
que se clavan
en el cielo,
que es otro suelo
sobre nosotros.


Qué suerte tienes,
tú que bebes
del aire;
tú que mueres
de pie.
Tú que no huyes
y permaneces,
mudo testigo
de las ausencias.

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