Nubeh propia

viernes, 21 de mayo de 2010

Soy una experta en no usar el tiempo en lo que debería. El otro día me senté ante el ordenador para hacer un trabajo (que haré esta tarde, espero) y, para variar, me encontré a mí misma echando un vistazo a algunos blogs y encontré uno nuevo que me gustó:

Como acostumbro a hacer, comenté algunas cosas que me llamaron la atención y Nubeh, la dueña del blog, me ha hecho este precioso regalo, ¡estoy tan ilusionada como si realmente fuese la última niña de este otoño!Después de todo, esto prueba que cuando no hago lo que debería, hago lo que debo. ¡Muchas gracias!:)

No respondas

lunes, 17 de mayo de 2010
Si me desvelas,
no es porque tú quieras.
Casi.

Si me desnudas,
es sólo con la vista.
Apenas.

Si me ahogas,
es sólo porque quiero
morir en tus brazos.
En ese momento.

Si crees que te quiero,
es sólo porque lamo
tus heridas.
Con las mías.

¿Por qué me agarras
el brazo?
¿Por qué te arranco
las alas?
¿Por qué me levantas
los párpados,
si sabes que no veo?
¿Por qué estás en el aire,
si no respiro apenas?
¿Por qué me sigues tanto,
si nunca me doy la vuelta?
¿Por qué eres tan necesario,
si nunca te uso
como debiera?
martes, 11 de mayo de 2010

¿Y qué si a veces

tengo tantas ganas

de estar

viva?

No es mi culpa

Si no siempre

Tengo tiempo

De hacer

Lo que debo.


Quizá sea cosa

De este cuerpo mío,

Travieso y rítmico.

Ya lo noto,

¡ya lo noto!

Otra vez empieza,

Otra vez desea

Saludar a la mañana

Que nunca contesta,

Porque es ley de vida

Que los humanos

Nos volvamos un poco locos

De vez en cuando

Con las maravillas

De lo más vano.


Fuera, fuera la ropa.

Que me vean,

¿Eso qué importa?

Si sólo quiero

Alcanzar esa barrera

Donde se besan

Cielo y suelo.


Y quisiera correr, correr;

Correr entre esas viñas

Con los pies

Desnudos.

Reír como una niña

Y yacer sobre la tierra,

Que aún no es tiempo

De yacer bajo ella.


Correr, saltar y hundir

Mis dedos

En la blanda arena

Y sentir el grano

Latir bajo mis manos,

Zurcirme las piernas.


Y que llueva,

Que llueva mucho.

Que me empape la piel

De membrillo caduco,

Blanca de tanta quimera,

La misma agua ligera

Que bebí ayer.


Líquido en la cara,

Realidad.

Surcar la libertad

Que encierra esta ventana.

Sentir la piel caliente

Estremecerse

En los otoños

Viejos como el mundo.

Quiero creer (publicado en Artículo 20)

miércoles, 5 de mayo de 2010
Cuentan que durante la I Guerra Mundial, en algún frente perdido en Francia, corría ya el último año del conflicto cuando sucedió algo extraordinario. La Nochebuena volvía a encontrar en un laberinto infernal de trincheras a aquellos soldados asustados como conejos en sus madrigueras, enloquecidos por el silbido de las balas, el rugido de los cañones y el salpicar de la sangre. Con los músculos golpeándoles la piel en un quejido desgarrador, ansiosos por estirarse y salir de su entierro en vida. Soldados que no sabían distinguir entre locura y cordura, pues sólo delirio los rodeaba por todas partes como el mar abraza al náufrago. Máquinas de matar que no sabían trazar la línea entre vida y muerte, pues sólo muerte se respiraba en el aire cargado de pólvora, tierra y carne quemada.

Una trinchera, y más allá de la inaccesible tierra de nadie, otra idéntica repleta de enemigos con las mandíbulas tensas, doloridos los dientes de chocar unos con otros, rígidos los dedos de sostener los pesados fusiles y aguantar sobre sus gatillos en una espera brutal e interminable. De pronto, una voz rasgó el aire cubierto de jirones oscuros de noche y de agua de lluvia fría. Una voz cascada y áspera surgió de una de las trincheras como un grito atroz, que llevaba latiendo en un pecho desde lo que parecía una eternidad. La voz cantaba un villancico. En la trinchera contraria, tras un instante de silencio, se desataron varias gargantas que respondían en un quejido ronco primero, después en una suerte de llanto alegre que se elevaba sobre el humo del tabaco y la pólvora y se mezclaba con las risas y cantos de los soldados del otro bando.


De pronto, las luces de los faroles dejaron ver las siluetas de los combatientes surgiendo de las fauces de la tierra y bailando al son del villancico, compartiendo, entre risas, la bebida y la poca comida que habían conseguido. Y por una noche ellos, los soldados, fueron hombres de nuevo, felices de estar junto a otros hombres, no contra otros soldados. Hombres. Hombres ansiosos de una comida caliente, de un aliento tibio, de una mirada de sus hijos, de un abrazo de sus padres. Hombres con un corazón latiendo bajo la carne dolorida y la piel cubierta de sudor y mugre, que hacía que su ropa se sostuviera sola si se la quitaban. Por una noche dejaron de ser franceses, alemanes, hijos de un país que los enviaba a la muerte, para ser sólo humanos sin armas, con sonrisas, alegría y cantos.

No se sabe si aquello ocurrió realmente o no. Los únicos que podrían afirmarlo, sus protagonistas, han sido borrados del mundo por las balas o por el peso de los años ladrones de memoria. Pero quiero creer que así fue. Por imposible que parezca, quiero creer que aunque sólo fuera por una noche aquellos soldados volvieron a ser personas que habían dejado atrás una vida entera y anhelaban salir de aquel infierno, no seguir matando sin sentido alguno. Quiero creer que aquella noche la humanidad sustituyó a la locura. Quiero creer que esa noche existió. Y que puede existir aún.



Bombardeo al País de Nunca Jamás

miércoles, 28 de abril de 2010

La infancia ya no existe. Este hecho, lamentablemente, ya era así en muchos países del Tercer Mundo, en los que niños con huequecillos entre sus dientes de leche se veían obligados a cargar con unos fusiles que les atenazaban los miembros, o debían trabajar hasta desfallecer para mantener a sus familias, u otro montón de catástrofes más que aún hoy están lejos de desaparecer.




Pero, dejando a un lado esas terribles realidades, tampoco en los países desarrollados la infancia ha sobrevivido. La cultura actual ha superpuesto a las edades jóvenes y adultas –que no maduras- en un nivel superior al resto: superando estas edades, somos progresivamente más decrépitos e inútiles. Y los que no han llegado aún a esos años, los niños…están sentados en una aburrida sala de espera, aguardando impacientes a que llegue su turno para poder hacer todo lo que estas sociedades les han enseñado a soñar. La infancia es un incómodo tiempo de anhelo por llegar a esos efímeros años triunfadores que se esfumarán rápidamente y nos convertirán en personas que nunca fueron niños, pero que ahora son viejas.


Los chavales ya no quieren ser chavales. Ya no quieren jugar, ni leer, ni aprender, ni mantener ese halo de inocencia que arropa a los niños y los protege de la realidad por un tiempo, y que luego suele ser recordado con nostalgia por muchos. A los niños no les interesa protegerse, porque no creen que sea necesario. Lo único que necesitan son alzas para entrar en las discotecas, apariencia para sacar alcohol de los supermercados, y colirio para sus ojos rojos. Y, por supuesto, dinero para poder permitírselo.


Cuando los veo caminar por las calles en grandes grupos, con un aire de fingida seguridad, siento una punzada de angustia y pena en mis entrañas. Y me invade la necesidad de detenerlos y decirles la verdad, la para ellos terrible verdad: que la vida y sus problemas van mucho más allá de ser eternamente jóvenes y guapos, de hacerse amigos de los camareros para tener chupitos gratis, de encontrar un buen sitio para hacer botellón, de tener aliados que les consigan el tabaco y demás. Mucho más allá de ser fotocopias idénticas de lo que ven en televisión, de perder el sentido antes de que llegue la hora de volver a casa y de vomitar en las esquinas. Quisiera decirles todo eso y mucho más. Que se den la oportunidad que otros no tienen de ser niños, de disfrutar algo que nunca volverá. Todo eso y mucho más. Pero sé qué ocurriría: me mirarían con sus pequeños ojos maquillados y muy abiertos, fingiendo escucharme, y sonreirían con condescendencia. Así que me callo y sigo mi camino.


CONVERSACIÓN NOCTURNA

lunes, 19 de abril de 2010
A veces
me acuerdo
suavemente
de ti.
Y recuerdo
de repente
lo intenso
que es
follar.

¿Y SI JESUCRISTO MURIESE DE VIEJO? (Reflexión esquizofrénica sobre un "hipatético" más allá)

lunes, 12 de abril de 2010



¿Por qué las personas necesitan creer en algo? Es una pregunta con una respuesta sencilla: el temor a lo desconocido nos hace precisar teorías que nos permitan suponer, con más o menos seguridad, qué hay después de la muerte. Y, más concretamente, que tras la muerte hay algo mejor. En retrospectiva, vemos que la religión católica siempre ha pregonado bajo la bandera de la posibilidad de un vida eterna y maravillosa junto a Dios si, y sólo si, se cumplen unas determinadas normas. Comienza aquí el conflicto entre evangelio y negocio: ¿dónde está la diferencia? ¿Hasta qué punto es creíble que para disfrutar de una supuesta vida eterna y feliz haya que cumplir un determinado canon? ¿Por qué un individuo que, por ejemplo, envidia a otro, debería expirar una supuesta culpa? No siempre es culpa de las personas sentir rencor o envidia hacia otras, ¿por qué deberían pagarlo?

Hasta aquí, según mi muy humilde punto de vista, resulta inverosímil el hecho de que deba sufrir o, al menos, no ser plenamente feliz en vida para alcanzar una supuesta felicidad tras la muerte. Pero, claro está, muchos están dispuestos a creerlo por dos razones, a saber:

1. En todo caso, resulta más cómodo para algunos creer en una salvación que en el hecho de dejar de existir y de no ver jamás a los seres amados.

2. Culturalmente, la Iglesia presenta estas teorías sin dar pie alguno a plantearse los porqués. Así pues, siempre es más fácil creer de antemano en lo que se nos dice y no pararse a reflexionar sobre algún tipo de alternativa.

En definitiva, el miedo sigue siendo un poderoso motor comercial que permite conseguir del ser humano una suerte de sumisión que resulta más que rentable. No obstante, si bien otras instituciones religiosas juegan también con la necesidad de seguir unas normas para alcanzar la salvación -pensemos en el Nirvana, la reencarnación o cualquier otro tipo de purificación e inmotalidad-, es la Iglesia la que más ha conseguido multinacionalizar este negocio del miedo.

Es humano verse impotente para aceptar la teoría de que todos dejamos de existir. Lo que no lo es es usar esta impotencia y el temor que la acompaña y a partir de ellas crear un sentimiento de culpa por no seguir la serie de normas necesarias para alcanzar la salvación. "Soy humano", piensan los creyentes, temerosos; "no puedo pasar toda mi vida sin cometer un pecado, es imposible". En ese momento es cuando surge la figura del redentor. Es un ser humano nacido para morir, y ésa es su función. Si un supuesto Mesías hubiese llevado la vida que a todos nos cuentan de Jesucristo pero no hubiese sido sacrificado, a nadie le habría importado. ¿De qué le sirve a la gente saber que un tipo hace más de 2.000 años resucitaba a los muertos? En ese supuesto, no nos está salvando a nosotros. Si, por el contrario, nos cuentan que ese hombre o mujer (sí, ¡mujer!) murió de forma terrible para que nosotros tengamos una parcelita en el más allá, la cosa cambia. ¿A quién le interesa un Jesucristo que murió de viejo? ¿O ahogado en un río? A nadie.

Así pues, lo que este hecho demuestra es que el ser humano no necesita buenas personas a la hora de hablar de metefísica. Necesita héroes. Y necesita que le aseguren que el tal Jesucristo quedó bien rematadito y ascendió a los cielos. Y, una vez más, la Iglesia emplea esa necesidad para sermonear con violentos mensajes de truculencia salpicados aquí y allá con coletillas tipo "la bondad del Señor", "la paz eterna"o "la gloria del Espíritu Santo". Y pretende que nos parezca lógico que el 25 de diciembre cantemos villancicos y nos alegremos de que ha nacido un niño precioso sin pararnos a pensar que en unos años le van a dar para el pelo.

En conclusión, qué se puede decir... Resulta evidente que soy profundamente atea, pero también soy partidaria de que cada uno crea lo que guste. De lo que no lo soy es de que una institución arcaica (y, en vista de lo visto, con más marrones ocultos de los que creíamos) se aproveche de ello. Me alegro de no creer en un supuesto más allá, porque estoy a salvo de las sotanas (eso sí, con el más profundo respeto a quien se limita a evangelizar por su vocación). Lo que a mí nadie me puede negar es precisamente de lo que más segura estoy: de que tras la vida hay muerte. Después... ya veremos.