EXPERIMENTO 35

viernes, 16 de diciembre de 2011
Más allá del murmullo, el señor Fleming podía escucharlo. Sólido, puro, real. Entonces, era verdad que existía. La voz de la niña que atormentaba a su madre -y de paso, a todos los presentes- con una aguda letanía con el fin de obtener un caramelo de su mano hastiada. El sonido de las teclas del ordenador portátil que los finos dedos del hombre de al lado acariciaban levemente, un tic apenas, un tanteo de suavidad apenas sonoro. Era curioso, aquel hombre. El señor Fleming lo observó por el rabillo del ojo, alzando con disimulo la vista del rayado suelo de una suerte de mármol rojo. Como un arácnido. Sí, ésa era la única comparación posible. Con un raído traje negro, nada en consonancia con el portátil, que parecía tan caro, míralo... Qué curioso, casi ni tiene cejas. Qué le pasará, lo mismo viene por eso. A saber. Casi no hace ni ruido, eso está bien. No como la niña ésta.

El teléfono sonaba. Un pitido metálico, de nódulos quebrados, atravesaba el aire con insistencia. Sonó ininterrumpidamente, a voces casi, hasta que la manita de la recepcionista se posó sobre él y lo descolgó con nerviosa brusquedad, qué agobio, ¿sí? De acuerdo. Y mirando hacia los presentes; adelante, es usted la siguiente. Una mujer, de la que hasta entonces el señor Fleming no se había percatado, se levantó con pesadez de su asiento y caminó hacia la puerta blanca. Sus pies producían un taconeo, una concatenación de claqueteos, uno tras otro, cloc, cloc, cloc... Hasta detenerse ante ella. El señor Fleming respiró con fuerza mientras aguardaba a que los nudillos de la mujer golpearan la puerta con suavidad. Una, dos, tres veces. Adelante, se oyó desde el otro lado, pase.

Y de nuevo el murmullo. El otro hombre que salía, cuánto ha tardado, seguro que llego tarde y Carmen se enfada. Nunca debería hacer planes después de venir aquí, siempre pasa lo mismo. Y, por encima del sonido,  el señor Fleming volvió a escucharlo, esta vez con más claridad. El sonido se evaporaba. Y sólo quedaba eso, el vacío en el aire. Sin inflexiones, ni ritmo, ni fondo. Ahí estaba, detrás de todo aquella atmósfera inundada de clamor. El silencio, brillante, sincero, eterno como el tiempo. Y de nuevo, el señor Fleming volvió a sentirse agradecido.

Lluvia de noviembre

miércoles, 30 de noviembre de 2011
Lloran los cielos
penas de muertos.
Llueve sobre mojado.

FOTOSÍNTESIS

martes, 27 de septiembre de 2011
Los rayos
penetran en mis músculos
y llegan
hasta el césped.
Se introducen
en mis poros
y los inundan
de un calor
profundo, intenso,
real.
Se cuelan
por mis muñecas
así, así,
despacio.
Como anguilas tiesas.
Inundando mi corazón
de una temperatura
amorfa e inmensa,
como el mar.
Y todo late
y se revuelve
dentro de mí,
entre mi sangre,
y nos hacemos
uno solo:
el sol,
mis glóbulos
y yo.

Y lo veo,
lo veo todo.
Tras mis párpados,
que son
membranas carnosas,
finísimas fronteras
entre yo
y todo lo demás.

En la mañana
áurea,
de fuego
tocada,
el astro rey
me regala
fantasías ígneas,
justo
donde todo mi ser
acaba
y empiezan
mis pestañas.

Retazos de realidad
quemada,
como una foto vieja
de mudos fantasmas
sepias.

Y este césped...
estas finas
hebras verdes
que acarician
mi piel
sólo pueden ser
yemas de
dedos de
algún ser
inmortal.
Pero eso, ¿qué mas da?,
si puedo estar
así anclada,
pensando -apenas-
en nada
que mame del mundo real.
Si sobre mis pestañas
bailan seres
de todo y de nada,
de fantasía robada
de luz
y paz.
Brillante
quietud
que reina
en el aire
que trepa
a mi cuerpo
y dentro
se queda.
Mundo perfecto:
lo externo
hierve
en mis venas.

De escaleras y ridiculeces

miércoles, 31 de agosto de 2011

De nuevo, me encuentro ante el primero de los ocho eternos escalones que me separan del suelo. Noto el rojo teñido de negro de la sangre que fluye por mis venas y golpea mis piernas palpitantes de pura rigidez.

De nuevo, mis pies permanecen inexplicable e inamoviblemente pegados al suelo, unidos a él por una fuerza que me rodea y trasciende mis sentidos. Mi cerebro abotargado comprueba de nuevo, con estupor, que mis rodillas se niegan a doblarse, como aquejadas del mal que sufren las articulaciones de una marioneta muerta.

De nuevo, trago saliva. Y trato de concentrarme. Primero una pierna, luego la otra. Seguro que resulta más fácil una vez dado el primer paso. Pero ¿cómo se hacía? Levantar un pie al tiempo que la rodilla contraria va flexionándose paulatinamente para permitir al cuerpo descender el primer escalón. Un ejercicio de coordinación curiosamente cotidiano.

De nuevo, trato de probar otra alternativa. Quizá no pensar sea lo mejor. Pensar en lo que hacemos no tiene por qué significar que lo estamos haciendo mejor. Sólo que somos conscientes de lo que estamos haciendo. Pero no, así tampoco funciona. Mi mente también comienza a trastabillar en mi cráneo, porque sabe que estoy tratando de engañarla. Y eso no le gusta nada. No, de pronto comienza una extraña excursión a lo largo de mi cerebro, viajando de un lado a otro de mis pensamientos y mis recuerdos, de aquellos que juraría que ya no estaban allí. Y, como por arte de magia, mis confusos sentidos empiezan a bifurcarse y a investigar con una pasmosa –e irritante- exactitud la situación en la que me encuentro: estoy parada ante una escalera y no sé qué hacer para enfrentarme a sus peldaños. Para no variar, estoy cargada de bártulos que probablemente no utilice, pero que hacen que mis brazos estén ocupados y mi peso, incómodamente escorado hacia un lado –frecuentemente, el izquierdo-. Además, l a barandilla está sucia –esto también varía en raras ocasiones- y en el ambiente flota un hedor leve pero ciertamente perceptible. En todo caso, lo suficiente como para que desee salir de mi pequeño y estúpido drama cotidiano lo antes posible.

                                     

Resoplo con fastidio: ante mis ojos, los escalones acaban de aumentar su altura y disminuir su grosor hasta alcanzar unas dimensiones imposibles que me hacen sentir segura de que mis pies –no pequeños precisamente- no serán capaces de mantenerme en equilibrio sobre una base tan inestable.

¿Por qué?, me digo a mí misma. ¿A qué viene esta impotencia? ¿Acaso esto significa que en realidad no deseo bajar estas escaleras? Siempre me ha resultado mucho más fácil subirlas que bajarlas, ¿tiene eso algún tipo de significado? Quisiera pensar que quizá soy una persona más preparada para esforzarse que para resolver situaciones en las que sólo hay que dejarse llevar. Pero eso deja demasiado espacio a mi ego. Otra opción es que prefiero el ascenso a la bajada, a un viaje a niveles más bajos. Y eso, desde luego, no se me antoja para nada una virtud.

Para cuando despierto de esta y de otras reflexiones tan inútiles como improbables descubro, no tan agradada como sorprendida, que ya he conseguido llegar al final de la escalera. Y sólo entonces se me ocurre pensar que quizá ésta es la única forma de actuar en circunstancias que nos superan: absortos en nosotros mismos, ajenos en cierto modo al exterior, pero con la vista más puesta en el frente que en los lados. Quizá no sea la mejor solución, cierto es. Pero al parecer, a veces da resultado.

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