33 CENTILITROS DE MAGIA

lunes, 23 de noviembre de 2009

Lenguas de luz, colores de un cielo imposible que se besan en una interminable caricia para la vista.

Cámara que registra todo cuanto se mueve invirtiéndolo y lo conserva flotando ante mis ojos maravillados.

Vida sumergida que se pierde, pero no se ahoga. Aunque no haya tapón, la magia no escapa.

Aros de plata fría que calientan la pupila. Brillo de misterio que a nadie intriga, a nadie llama, que muere a cada trago sin que nadie lo retenga ni un segundo en su memoria, sepultado por estupideces cotidianas.

Belleza encerrada y gratuita, regalada a corazones abiertos, pero no sangrantes.

Belleza cortada por una etiqueta fría y aséptica, inhumana, real.

Belleza encerrada en formas de plástico, separada del mundo real por una capa transparente y finísima, pero invencible, terriblemente cierta.

Por unos pocos céntimos y unos segundos de atención, en fin, cielo al alcance de la mano.

Todo esto cabe en una botella de agua y un momento de enajenación mental. Parpadeo, súbitamente arrojado de nuevo al mundo real. Y es entonces cuando me doy cuenta de que llevo más tiempo observando el botellín de precioso líquido que se encuentra, sobre una mesa, junto al féretro que al propio ocupante del mismo. Y de que aún no me he preguntado qué diablos hace ahí.

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