viernes, 5 de marzo de 2010
Se duerme. ¿O está despierta? La muerte baila un tango con la desidia sobre su pelo ceniciento y llevan ya días dando vueltas y vueltas, sin cesar. Sólo queda esperar a que el baile acabe, y que ocurra rápido. Que cese la música que rasga el ruido y lo convierte en silencio y acabe todo de una vez. De una puta vez. Que ya les vale a las dos, a la vida y a la muerte.



Su respiración se agita... luchar con la muerte siempre fue agotador, sobre todo cuando ya no hay ganas de seguir combatiendo. ¿Puede oírme? Sí, creo que sí puede, mejor incluso que antes. Mal asunto. Miro sus manos y pienso en lo mucho que las recordaré más adelante, cuando ella no esté. Miro a mi alrededor y veo decenas de fotos de hijos, nietos y bisnietos. Miro buscando algo, sin saber muy bien qué, y por supuesto sin encontrarlo. Allí sólo reinan la desolación y los recuerdos ahogándose contra las paredes. No es la muerte lo que más destaca en esta vieja casa... es el olvido y el polvo de los años escurrido por la rendija de la puerta en las tardes interminables. No, apenas hay muerte en esta habitación. Al menos, no más que antes.

Suspiro y miro por la ventana desde la silla, al lado de su cama. Tengo que marcharme, o perderé el autobús. Miro a mi alrededor una vez más. Me despido del resto de presentes, le susurro a mi bisabuela unas palabras dulces en el oído y beso su rostro con cariño, recordando ocasiones en las que un "hasta luego" bastaba. De todas formas, ¿qué más se puede decir? Ya nada... hace tiempo que ha muerto ya, en realidad. Así que queda poco que decir. Suspiro contemplo de nuevo, desde el quicio de la puerta, su cuerpo tendido sobre el colchón. Y, una vez fuera de la casa, me estremezco al pensar que no sabré llorar cuando se haya ido del todo.

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