INCONSCIENCIA

viernes, 17 de septiembre de 2010
Aquí estoy. Aquí estoy otra vez, frente al teclado. cierro los ojos, tomo aire. Expiro, abro los ojos. La luz que entra por la ventana se torna rojiza por unos instantes. Mis dedos se mueven con rapidez sobre el teclado y transmiten lo que siento segundos después de que haya ocurrido. Y sólo eso me parece fantástico.

El aire entra y sale de mi cuerpo copn facilidad y aplomo, más real que el propio hilo de mis pensamientos, sabedor incluso de la necesidad de su existencia. De su falta de contingencia. No quiero pensar, sólo escribir.  Hago un esfuerzo. Pienso. Pienso en que pienso. Pienso en la manera en la que pienso en que pienso. Mierda, mi cerebro ha vuelto a quedarse conmigo. Pero no importa, todo está bien. Nuestro cuerpo gusta de traicionarnos para recordarnos que estamos vivos y latimos, y palpitamos. Y palpamos. Palpamos nuestro propio ser intrigados, seguros de saber que en él hay algo que desconocemos, algo secreto y salvaje que no sabemos si amar o temer.


Nos levantamos. Nos duchamos. Nos vestimos, desayunamos, salimos de casa con un rumbo tan definido que aún podemos saborear los retazos de sueño que han quedado en nuestro paladar. Fumar. Entrar. Saludar. Abrir, cerrar, entornar puertas. Sentarse y trabajar. Estudiar. Conversar banal y aburridamente. Conversar más interesadamente. Comer. Fumar. Cobrar -quizá-. Manejar tuberías, ladrillos, datos, cabellos, niños, documentos. Parpadear. Suspirar mirando el reloj. Hablar por teléfono para avisar de la tardanza. Pasar las páginas de un manoseado periódico. Fumar, esperar, bostezar. Caminar de nuevo a casa. Saludar -o no-, cenar, ver la televisión, leer, dormir.

Sí, nos aterra descubrir que en nuestro interior hay algo, una molécula, quizá una descarga eléctrica, ¿quién sabe?, que se niega. Que quiere ser consciente de todo eso. Que nos abofetearía si se cruzase con nosotros por la calle mientras vocearía "¡DESPIERTA!". Quizá nos dé pánico encontrarnos con nuestro propio rostro. Quizá temamos descubrir que llevamos una vida que no deseamos. Quizá nos aterre contemplar con estupor el muro que nos rodea y que nosotros mismos hemos construido. No es necesario derrumbarlo, no es necesario tirar nuestro pasado por la borda. Sólo se trata de saber asomarse por encima del muro a menudo y contemplar la inmensa belleza que hay tras él.

Otro ladrillo en el muro



2 hojas secas:

BLANCO dijo...

Parece que lo tienes claro. Además, tienes coco y teclado. Eres afortunada.

Nihilitico dijo...

Grande!!! Muy chulo (Pienso en el pienso, hierve la hierba... XD) la vida cotidiana a veces nos aleja del bello mundo que tenemos delante y que nos sabemos ver. Corramos la oortina!!

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