
Tiempo de despertar

Devenir en estado incrédulo

Pero matar el tiempo es difícil en una estación,
si no sabes
qué tren esperas,
ni si debes tomar alguno
o esperar al siguiente.
Me miro las zapatillas, rotas de aguantar en pie.
Estar sentada nunca fue lo mío,
igual que tomar decisiones, o que aguantar el tipo
siempre en el mismo tren.
Quizá no tenga destino.
Quizá tenga muchos,
pero sólo consistan
en conocer todas las paradas
que visito.
O quizá
es lo que escribo
cuando elijo
cambiar de vías.
Nubeh propia

Soy una experta en no usar el tiempo en lo que debería. El otro día me senté ante el ordenador para hacer un trabajo (que haré esta tarde, espero) y, para variar, me encontré a mí misma echando un vistazo a algunos blogs y encontré uno nuevo que me gustó:
Como acostumbro a hacer, comenté algunas cosas que me llamaron la atención y Nubeh, la dueña del blog, me ha hecho este precioso regalo, ¡estoy tan ilusionada como si realmente fuese la última niña de este otoño!Después de todo, esto prueba que cuando no hago lo que debería, hago lo que debo. ¡Muchas gracias!:)
No respondas
no es porque tú quieras.
Casi.
Si me desnudas,
es sólo con la vista.
Apenas.
Si me ahogas,
es sólo porque quiero
morir en tus brazos.
En ese momento.
Si crees que te quiero,
es sólo porque lamo
tus heridas.
Con las mías.
¿Por qué me agarras
el brazo?
¿Por qué te arranco
las alas?
¿Por qué me levantas
los párpados,
si sabes que no veo?
¿Por qué estás en el aire,
si no respiro apenas?
¿Por qué me sigues tanto,
si nunca me doy la vuelta?
¿Por qué eres tan necesario,
si nunca te uso
como debiera?
¿Y qué si a veces
tengo tantas ganas
de estar
viva?
No es mi culpa
Si no siempre
Tengo tiempo
De hacer
Lo que debo.
Quizá sea cosa
De este cuerpo mío,
Travieso y rítmico.
Ya lo noto,
¡ya lo noto!
Otra vez empieza,
Otra vez desea
Saludar a la mañana
Que nunca contesta,
Porque es ley de vida
Que los humanos
Nos volvamos un poco locos
De vez en cuando
Con las maravillas
De lo más vano.
Fuera, fuera la ropa.
Que me vean,
¿Eso qué importa?
Si sólo quiero
Alcanzar esa barrera
Donde se besan
Cielo y suelo.
Y quisiera correr, correr;
Correr entre esas viñas
Con los pies
Desnudos.
Reír como una niña
Y yacer sobre la tierra,
Que aún no es tiempo
De yacer bajo ella.
Correr, saltar y hundir
Mis dedos
En la blanda arena
Y sentir el grano
Latir bajo mis manos,
Zurcirme las piernas.
Y que llueva,
Que llueva mucho.
Que me empape la piel
De membrillo caduco,
Blanca de tanta quimera,
La misma agua ligera
Que bebí ayer.
Líquido en la cara,
Realidad.
Surcar la libertad
Que encierra esta ventana.
Sentir la piel caliente
Estremecerse
En los otoños
Viejos como el mundo.Quiero creer (publicado en Artículo 20)
Una trinchera, y más allá de la inaccesible tierra de nadie, otra idéntica repleta de enemigos con las mandíbulas tensas, doloridos los dientes de chocar unos con otros, rígidos los dedos de sostener los pesados fusiles y aguantar sobre sus gatillos en una espera brutal e interminable. De pronto, una voz rasgó el aire cubierto de jirones oscuros de noche y de agua de lluvia fría. Una voz cascada y áspera surgió de una de las trincheras como un grito atroz, que llevaba latiendo en un pecho desde lo que parecía una eternidad. La voz cantaba un villancico. En la trinchera contraria, tras un instante de silencio, se desataron varias gargantas que respondían en un quejido ronco primero, después en una suerte de llanto alegre que se elevaba sobre el humo del tabaco y la pólvora y se mezclaba con las risas y cantos de los soldados del otro bando.
De pronto, las luces de los faroles dejaron ver las siluetas de los combatientes surgiendo de las fauces de la tierra y bailando al son del villancico, compartiendo, entre risas, la bebida y la poca comida que habían conseguido. Y por una noche ellos, los soldados, fueron hombres de nuevo, felices de estar junto a otros hombres, no contra otros soldados. Hombres. Hombres ansiosos de una comida caliente, de un aliento tibio, de una mirada de sus hijos, de un abrazo de sus padres. Hombres con un corazón latiendo bajo la carne dolorida y la piel cubierta de sudor y mugre, que hacía que su ropa se sostuviera sola si se la quitaban. Por una noche dejaron de ser franceses, alemanes, hijos de un país que los enviaba a la muerte, para ser sólo humanos sin armas, con sonrisas, alegría y cantos.
No se sabe si aquello ocurrió realmente o no. Los únicos que podrían afirmarlo, sus protagonistas, han sido borrados del mundo por las balas o por el peso de los años ladrones de memoria. Pero quiero creer que así fue. Por imposible que parezca, quiero creer que aunque sólo fuera por una noche aquellos soldados volvieron a ser personas que habían dejado atrás una vida entera y anhelaban salir de aquel infierno, no seguir matando sin sentido alguno. Quiero creer que aquella noche la humanidad sustituyó a la locura. Quiero creer que esa noche existió. Y que puede existir aún.