Quiero creer (publicado en Artículo 20)

miércoles, 5 de mayo de 2010
Cuentan que durante la I Guerra Mundial, en algún frente perdido en Francia, corría ya el último año del conflicto cuando sucedió algo extraordinario. La Nochebuena volvía a encontrar en un laberinto infernal de trincheras a aquellos soldados asustados como conejos en sus madrigueras, enloquecidos por el silbido de las balas, el rugido de los cañones y el salpicar de la sangre. Con los músculos golpeándoles la piel en un quejido desgarrador, ansiosos por estirarse y salir de su entierro en vida. Soldados que no sabían distinguir entre locura y cordura, pues sólo delirio los rodeaba por todas partes como el mar abraza al náufrago. Máquinas de matar que no sabían trazar la línea entre vida y muerte, pues sólo muerte se respiraba en el aire cargado de pólvora, tierra y carne quemada.

Una trinchera, y más allá de la inaccesible tierra de nadie, otra idéntica repleta de enemigos con las mandíbulas tensas, doloridos los dientes de chocar unos con otros, rígidos los dedos de sostener los pesados fusiles y aguantar sobre sus gatillos en una espera brutal e interminable. De pronto, una voz rasgó el aire cubierto de jirones oscuros de noche y de agua de lluvia fría. Una voz cascada y áspera surgió de una de las trincheras como un grito atroz, que llevaba latiendo en un pecho desde lo que parecía una eternidad. La voz cantaba un villancico. En la trinchera contraria, tras un instante de silencio, se desataron varias gargantas que respondían en un quejido ronco primero, después en una suerte de llanto alegre que se elevaba sobre el humo del tabaco y la pólvora y se mezclaba con las risas y cantos de los soldados del otro bando.


De pronto, las luces de los faroles dejaron ver las siluetas de los combatientes surgiendo de las fauces de la tierra y bailando al son del villancico, compartiendo, entre risas, la bebida y la poca comida que habían conseguido. Y por una noche ellos, los soldados, fueron hombres de nuevo, felices de estar junto a otros hombres, no contra otros soldados. Hombres. Hombres ansiosos de una comida caliente, de un aliento tibio, de una mirada de sus hijos, de un abrazo de sus padres. Hombres con un corazón latiendo bajo la carne dolorida y la piel cubierta de sudor y mugre, que hacía que su ropa se sostuviera sola si se la quitaban. Por una noche dejaron de ser franceses, alemanes, hijos de un país que los enviaba a la muerte, para ser sólo humanos sin armas, con sonrisas, alegría y cantos.

No se sabe si aquello ocurrió realmente o no. Los únicos que podrían afirmarlo, sus protagonistas, han sido borrados del mundo por las balas o por el peso de los años ladrones de memoria. Pero quiero creer que así fue. Por imposible que parezca, quiero creer que aunque sólo fuera por una noche aquellos soldados volvieron a ser personas que habían dejado atrás una vida entera y anhelaban salir de aquel infierno, no seguir matando sin sentido alguno. Quiero creer que aquella noche la humanidad sustituyó a la locura. Quiero creer que esa noche existió. Y que puede existir aún.



2 hojas secas:

Nihilitico dijo...

Preciosa historia de esperanza dentro de un mundo lleno de horrores. Siempre quedará un lugar para la paz.

Rufino U. Sánchez dijo...

Esa noche existe en los ojos de mucha gente, falta sólo que se atreva a salir de las pupilas.

Saludos.

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